La Julieta de Lisette Oropesa

No voy a descubrir que Bellini es un maravilloso creador de melodías. Aunque, por sensibilidad, estoy más cerca de la música de la segunda mitad del siglo XIX, me gusta escuchar sus reconocibles arpegios y las agilidades que sus partituras exigen a los cantantes.
«I Capuleti e i Montecchi» no es la mejor ópera que he visto, con una estructura narrativa y musical que definiría de discutible —me ha parecido terminada con prisas—. A pesar de ello, he disfrutado de lo lindo con las cantantes, el coro y la orquesta. Pero si ha habido un momento que me ha hecho vibrar es el inicio de la segunda escena.
La historia comienza en el palacio de los Capuleti, donde Capellio —bajo y padre de Julieta—, Tebaldo —tenor, el prometido de Julieta— y los partidarios de Capellio —un coro de voces exclusivamente masculinas— se confabulan para rechazar la propuesta de los Montecchi de hacer la paz. El único que se muestra favorable es Lorenzo —bajo y médico de los Capuleti, el mismo que dará a Julieta el brebaje para parecer muerta—.
Es decir, que solo oímos voces de hombres, con constantes intervenciones del coro pidiendo guerra, lo que da a la música un aire marcial. La única voz dulce es la de Romeo, al que interpreta una mezzosoprano, una estupenda Raffaella Lupinacci. La escena se cierra con «la tremenda ultrice spada» —«la temible espada vengadora»—, donde Romeo y el coro se amenazan de muerte. Una primera media hora en la que Julieta solo es moneda de cambio —Romeo, disfrazado de emisario, ofrece la paz con la garantía del matrimonio entre ambos—.
La segunda escena es la que ha atrapado mi atención. La protagoniza ella, una única voz, femenina. El contraste con la escena anterior es muy poderoso. Se inicia con el recitativo «Eccomi in lieta vesta» —«Heme aquí con vestido de fiesta», en referencia a que va vestida de novia para casarse con Tebaldo, a quien no ama—. Las primeras notas llaman a la desgracia —una trompa de lo más lúgubre—, seguidas de una descripción sonora de la tristeza de Julieta —unos violines—. Dan paso a una melodía que, comparada con lo que acabamos de oír en la primera escena, es pequeña. Muy pequeña. Casi minimalista. La soledad de la pobre Julieta dibujada con unas pocas notas e instrumentos bien escogidos.
Allí, en medio, todavía en silencio, estaba Lisette Oropesa, una de las voces más bonitas que he escuchado en directo. Delicada, preciosista, conmovedora. El público, paciente, hemos tenido que esperar dos minutos más a que la melodía de Bellini le diera paso. Su intervención en el recitativo tiene dos partes; en la primera lamenta tener que casarse con Tebaldo. «Eccomi adorna/come vittima all’ara» —«Aquí me tenéis engalanada/como una víctima ante el altar»—. Pero, de repente, sin que lo esperemos, un arpa toma el protagonismo y el recuerdo de Romeo se hace presente. «Ove sei tu, Romeo?/in qual terra t’aggiri?/Dove, dove, inviarti,/dove, i miei sospiri?» —«¿Dónde estás, Romeo?/¿Por qué tierras vagas?/¿Dónde, dónde enviarte,/dónde, mis suspiros?»—. Tristeza y amor de la mano.
Con mirada embelesada, seguía todos los movimientos de la soprano estadounidense de origen cubano por el escenario, tan delicados como su voz. Pequeños pasos y el vestido blanco. Cautivado por las agilidades y la suavidad con que se deslizaba de una nota a la siguiente.
Un arpegio de cuerda, 100% belliniano, seguido de unos vientos, nos transporta hacia la romanza «Oh! Quante volte» —«¡Oh! ¡Cuántas veces!»—, donde la voz, casi desnuda porque la instrumentación apenas llenaba sus silencios, ha seguido empujando nuestras emociones hacia un clamor para que Romeo se haga presente. «Con quale ardor t’attendo/E inganno il mio desir» —«¡Con qué ardor te espero/y engaño mi deseo!»—, se lamenta Julieta.
La orquesta acaba por dejarla sola en los últimos compases. Lisette se ha tendido en el suelo y acaricia el agua de una especie de estanque sobre el escenario. Y, como si los dioses la hubieran escuchado, Lorenzo aparece acompañado de Romeo, lo que da paso a una escena muy lírica.
He llegado extasiado a la escena entre las dos, que ha prolongado el hechizo. Para mí, este cuadro es el mejor de la ópera con diferencia. Quizá porque la voz de Lisette, llena de tristeza, deseo y espera, ha contrastado especialmente con el inicio marcial y amenazante. No hace falta que una ópera nos convenza de principio a fin para que algo de ella se quede con nosotros. A veces, bastan diez minutos así. De pura verdad.

