
¿Por qué hay gente que vota, aparentemente, a políticos que les perjudican? Esta pregunta se la hace mucha gente, más ahora que parece que partidos iliberales van a obtener unos resultados espectaculares.
La respuesta mayoritaria es que los líderes de estas fuerzas ―con la ayuda de los medios y, ahora, de las redes sociales― los manipulan con una estrategia que los expertos denominan out-group animosity. Para evitar que los ciudadanos se rebelen, los agrupan alrededor de la idea de un enemigo común, interno o externo, y dejan de mirar aquello que es relevante.
La tesis es que, mientras unos poderosos se comen el pastel, señalan a un grupo débil ―digamos, inmigrantes― que, a duras penas, tiene a su alcance las pocas migajas que caen al suelo de las clases medias, y los hacen culpables de todo.
Un ejemplo cercano para todos es el acceso a la compra de vivienda. La generación del baby boom, con esfuerzo, se compró un piso. Sus hijos también accedieron a ello, siempre que los padres les ayudaran con la entrada. Los nietos, ni así. Y la culpa es de quienes no pueden pagar un alquiler ni siquiera en grupo. Los mismos que recuperan el barraquismo en Barcelona. Mientras tanto, fondos buitre y trabajadores con salarios desorbitados de otros países compran áticos preciosos y edificios para convertirlos en pequeños lofts y alquilarlos a precios de palacio condal. ¿Cómo puede ser que no se den cuenta?, se preguntan.
De ello se desprende que los votantes son dóciles y manipulables. Que la única razón por la que la gente es xenófoba ―o machista, o anticatalana, u homófoba…― es que hay unos señores que instrumentalizan los medios y los partidos para proteger sus intereses. En definitiva, que la gente es idiota.
La paradoja es que la respuesta al problema de por qué los ciudadanos se dejan llevar por discursos fáciles es… fácil. Tremendamente fácil. Y pone a quien la defiende en una posición de superioridad. Porque quien la formula sí ve las causas reales de las problemáticas de todos.
Está claro que el fenómeno de la normalización de valores iliberales se sustenta en la propaganda y las mentiras. Tenemos ejemplos cada semana. Parece que nos basta con encontrar una explicación a los problemas más comprensible que real. Pero es insuficiente para explicar la paradoja del votante que se perjudica a sí mismo.
El contexto
Una primera capa de complejidad nos la proporciona el contexto, que tiene un impacto en las ideas. Por ejemplo, sabemos que, cuando se producen grandes flujos migratorios, el rechazo al extranjero aumenta significativamente respecto a cuando la población se estabiliza, con independencia de la estructura étnica o del origen del territorio.
Lo mismo podemos decir de la evolución de la tecnología, que avanza imparable y hace difícil prever el futuro. La gente quizá busca valores más sólidos e invariantes para ganar en seguridad.
Y, aunque el contexto es importante, sigue siendo insuficiente si, de verdad, estas ideas van en contra de sus intereses. La tesis de la población idiotizada acierta en que esto va de lucha por los recursos, pero yerra con la simplificación del conflicto. En primer lugar, porque considera sinónimos recursos y dinero y, aunque la relación es obvia, no es única ni unidireccional. Y, en segundo lugar, porque asume que la única lucha por los recursos se da entre los ricos y los demás.
La multiplicidad de jerarquías
En las charlas para emprendedores, una pregunta habitual de los ponentes es: «¿Qué prefieres? ¿Ser cola de león o cabeza de ratón?». Formar parte de una organización importante donde eres irrelevante, o bien liderar un proyecto pequeño donde eres crítico. Quizá no podemos trasladar la pregunta como tal a la sociedad, pero sí tomar la metáfora.
Hay personas que son cabeza de ratón y a quienes ofrecer derechos y posibilidades a quienes todavía no las tienen les hace sentir que pueden convertirse en cola de ratón. Defender los intereses de los más poderosos también es asegurarse de que nada cambia. Eso les garantiza, al menos, el estatus dentro de su cotidianidad.
Esto se puede ver muy bien con el progreso de las mujeres en la sociedad. El acceso femenino a posiciones de liderazgo es bueno para el conjunto. No hace falta ni siquiera entrar en la enorme injusticia que supone el desequilibrio entre sexos. Si nos ponemos pragmáticos, desaprovechábamos el 50 % del talento ―todavía lo hacemos en buena parte. Pero eso implica que muchos hombres, que en el pasado ―y hoy― tienen una carrera «fácil» para progresar económica y profesionalmente, ahora tienen que competir con el doble de candidatos.
Este es el problema de simplificar el combate en ricos vs. pobres. Nos impide ver que, efectivamente, un hombre puede sentirse más seguro en un entorno en el que los ricos extraen parte de su riqueza, pero, a cambio, le garantizan que podrá tomar las decisiones domésticas porque será la única persona económicamente independiente de la familia.
¿Es racional que mujeres casadas con hombres poderosos renuncien a su derecho al voto, como proponen en EE. UU. las tradicionalistas? Sí, si es a cambio de garantizar que, tanto ellas como su descendencia, mantienen el estatus económico y social. Por mucho que perjudique a las mujeres en su conjunto. Incluso mujeres pobres, que ya hoy tienen una sola fuente de ingresos familiar, pueden anteponer garantizarla a otorgarse derechos. ¿Qué pierden? ¿La posibilidad de convertirse en directora de Coca-Cola? ¿Habrían accedido a ello en cualquier caso?
Al contrario de lo que mucha gente afirma, las jerarquías sociales son múltiples. La riqueza es una de ellas, quizá la más importante. Pero hay otras. Muchas, de hecho. El sexo, el color de la piel, el origen, las habilidades, el barrio de nacimiento… Las jerarquías se expresan en dinero, pero no solo. También existe el poder de la representación simbólica, que no tiene una traslación directa en dinero. Por eso, a tantos hombres les preocupa que, cada vez, haya más heroínas en el cine. Ir al cine y que el protagonista tenga tus mismas inquietudes hace que conectes con él. Reconocerse y saberse reconocido tiene valor.
La representación no sirve necesariamente para, después, hacerse más rico. De hecho, muchas veces el dinero se utiliza, precisamente, para conseguir esa representación y no al revés. Como los deportistas de élite que financian documentales, o profesionales que ganan más que los políticos y aceptan cargos como ministros.
Intereses cruzados
Si no hubiera ninguna otra jerarquía que la de ricos vs. pobres, ni ningún otro interés que el económico, se deduciría que los intereses de los ricos son un todo, y los del resto, otro. Pero es fácil ver que esto es falaz cuando lo aplicamos a la vida cotidiana.
A las clases medias catalanas les interesa que Rodalies tenga muchas frecuencias, buenos trenes y puntualidad. Unas buenas infraestructuras hacen la vida más fácil y mejoran la renta. Tanto por el lado de reducir gastos ―a mucha gente no le haría falta utilizar el coche― como por el lado del salario ―con el tiempo, unas buenas infraestructuras mejoran la competitividad y, por tanto, las condiciones laborales.
A las clases altas catalanas puede resultarles indiferente que los trabajadores pierdan tiempo en los vagones como sardinas en lata. Aun así, también les benefician las mejoras en Rodalies porque hacen que la economía catalana sea más competitiva.
Pero, ¿y a las clases altas madrileñas ―las que, de verdad, toman las decisiones―, les benefician como a las catalanas? ¡En absoluto! En la medida en que hacen más competitiva la segunda ciudad del Estado, pierden opciones de negocio. Lo que les interesa es aumentar al máximo el diferencial de inversiones estatales en su territorio por delante de cualquier otro. Y, por la misma razón, los trabajadores de Madrid tampoco tienen ningún incentivo para defender los intereses de sus compañeros catalanes.
La visión simplificada de la pura lucha de clases no solo nos ciega ante esta confluencia de intereses interclasista. Además, necesita o bien hacer ver que todo es lo mismo, o bien invisibilizar o desprestigiar a quien hace explícito el conflicto porque muestra las limitaciones del argumento ―y porque, en ocasiones, algunos de estos señaladores salen beneficiados en otros «combates» y señalarlos los pone en crisis.
Conclusión
Es difícil convencer a alguien de que es idiota. Si este es el argumento que tenemos que utilizar para atraer a los votantes de opciones que no nos gustan, no recuperaremos ningún apoyo.
No se trata de ignorar que hay ciertas emociones fáciles de amplificar, como el miedo a la inseguridad o al diferente. Tampoco que hay unas élites extractivas que aspiran a quedarse con todo y utilizan todo lo que está a su alcance. Que las noticias falsas o, incluso, informaciones ciertas, pero con una presencia en los medios desmesurada respecto a su impacto real, utilizan la emotividad para posicionarnos. Entre otras cosas porque estamos diseñados para evitar espacios inseguros. La diferencia es uno de ellos.
Tampoco es una invitación a concederles espacio. Las conquistas en derechos de los inmigrantes, las mujeres, los movimientos queer o los nacionales las debemos seguir defendiendo si creemos en los derechos humanos, porque se derivan de ellos. Y, naturalmente, debemos detener la concentración de riqueza en pocas manos o las democracias liberales se nos escurrirán entre las manos.
Pero comprender las resistencias detrás de los derechos que defendemos es fundamental para seguir avanzando. Sí, los ricos pueden utilizar estos conflictos para evitar que los miremos a ellos. Pero esto no se resuelve fingiendo que no existen. Aceptar que las jerarquías son complejas, que, al superponerse, se comportan como las ondas, que se suman o se cancelan según dónde se encuentran, nos da la oportunidad de entender de una forma más profunda los porqués, y nos abre una puerta a dialogar sobre ello, sin la superioridad inherente al argumento idiota de la idiotización.