
Uno de los comentarios más repetidos en entornos políticamente activos es la necesidad de estar presentes en las redes. Les preocupa la insuperable presencia de ideas iliberales y la enorme difusión de su mensaje. Si ellos han podido hacerlo, nosotros también deberíamos ser capaces. Tenemos que llegar a los jóvenes, dicen.
De hecho, algunos se lanzan a hacer vídeos, publicaciones y explicaciones breves de las decisiones políticas que toman los grupos en los que participan. Muchas horas de trabajo para conseguir el mismo puñado de «me gusta», siempre de las mismas personas y con una difusión mínima.
¿Qué es lo que ellos hacen bien y nosotros no? ¿Se trata de publicar con más frecuencia? ¿De ser más sintéticos? ¿De apelar a las emociones? ¿Quizá no difundimos suficientemente esos contenidos a través de los grupos informales de WhatsApp que articulan la comunicación de las agrupaciones políticas, sindicales o de las entidades? ¿O el problema es que «nuestra» gente no se lo toma en serio, no abre los contenidos y no los comparte lo suficiente, dejándonos enterrados en la inmensa riada de publicaciones? ¿Por qué ellos sí y nosotros no?
El poso que lo hace posible
Las herramientas —las redes públicas, las privadas, los portales de vídeo, los pseudomedios…— que han difundido a gran velocidad su discurso no existían a comienzos de siglo. Podría deducirse, por tanto, que la principal causa de este proceso es su aparición. Sin embargo, se trata de una explicación parcial por dos motivos.
No hay que olvidar que, del mismo modo que se ha difundido el discurso de pseudoperiodistas y analistas fanáticos gracias a las redes, también nos han llegado con fuerza discursos procedentes de la disidencia. Aunque no acabaran bien, las Primaveras Árabes son inexplicables sin Twitter —mantendré el nombre antiguo porque tengo la sensación de que «X» resulta poco explicativo—, como tampoco se entienden sin las redes los movimientos sociales previos a la guerra en Irán o la organización de los movimientos democráticos en Hong Kong. En una conferencia que dio en Barcelona, Cristina Fallarás destacaba que sin las redes no se entiende el éxito del movimiento #MeToo. Las redes, por tanto, tienen potencial para difundir toda clase de causas.
Lo que ha permitido que estos discursos arraiguen es el momento histórico. Si esos mismos discursos extremos se hubieran producido a finales del siglo pasado, ¿habrían tenido el éxito que tienen ahora? Lo dudo. De hecho, ya había personas defendiendo esos valores desde grandes medios, sobre todo emisoras de radio, pero muy poca gente las escuchaba seriamente. Si las condiciones sociales y políticas fueran las de hace dos décadas, probablemente no hablaríamos de la actualidad en los términos en que lo hacemos hoy.
Existe un sustrato, un poso que alimenta ese crecimiento mediante dos factores. El primero es muy sutil, escurridizo y hasta cierto punto incómodo. Durante cuarenta años, la sociedad ha mejorado a base de reconocer derechos a las personas. Algunos hemos recibido esos cambios con alegría, convencidos de que otorgar derechos no es más que reconocer a los demás en su diversidad. Según decíamos, no perjudica a nadie y mejora la vida de quienes los reciben. Otros, como el viento soplaba a favor de ampliar esos derechos, los aceptaban con los dientes apretados. Pero nos engañábamos.
Es ingenuo pensar que las conquistas del feminismo, por poner un ejemplo, salen gratis para los hombres. Reconocer que las mujeres pueden ejercer las mismas responsabilidades que un hombre implica que aumenta la competencia por los puestos de trabajo. El éxito del fútbol femenino resta tiempo de atención —uno de los bienes más valiosos— a otros deportes, esencialmente masculinos, porque prácticamente todos los que gozan de prestigio social lo son. La presencia de heroínas en el cine reduce la nómina de superhéroes masculinos —aunque nunca lleguen al 50 %, muchos espectadores se quejan y lo consideran ridículo y forzado—. La lista es tan larga que no terminaríamos nunca.
Cuando un grupo con poder y reconocimiento social —los hombres, en este caso— acepta o se ve obligado a aceptar los derechos de otro colectivo, se ve forzado a compartir recursos —económicos, prestigio social, presencia e importancia— que antes disfrutaba sin competencia. ¿Hasta qué punto un colectivo poderoso cede sin hacer ruido? Depende.
Aquí entra el segundo factor. Cuando las condiciones, sobre todo las materiales, mejoran de forma evidente, hay recursos para todos y las renuncias resultan menos costosas, o al menos lo parecen. Pero cuando deja de entrar riqueza y los recursos dejan de crecer, la lucha por lo que queda sobre la mesa se endurece. Es entonces cuando quienes aceptaban esos cambios con los dientes apretados escuchan a quienes dicen que las mujeres han ido demasiado lejos. Y quienes lo aceptaban de buen grado pueden sentir la tentación de concluir que quizá, efectivamente, se ha exagerado. Es ahora cuando mantenerse firme resulta más difícil.
Lo mismo puede aplicarse a los homosexuales —que implican pensiones de viudedad o adopciones—, a las personas trans —financiación de los procesos de transición de género, medicamentos costosos—, a las minorías nacionales —compartir decisiones políticas estratégicas que pueden ir en contra de tus propios intereses— o a los inmigrantes. Existe abundante literatura que demuestra que el rechazo a los recién llegados no se asocia tanto a su origen o etnia como al propio proceso migratorio. Allí donde las poblaciones son estables, aunque convivan diferentes etnias y orígenes, disminuyen las actitudes contrarias a la inmigración; es lo que se conoce como la «hipótesis del contacto». En cambio, allí donde se producen cambios demográficos rápidos, con independencia de las diferencias étnicas o del volumen real de población inmigrante, aumentan las reacciones negativas: la llamada «teoría de la amenaza al grupo». Cuando existe el temor a tener que repartir tu porción del pastel, crece el rechazo.
El empobrecimiento del discurso
Decía antes que las redes solo explican parcialmente las causas y que, potencialmente, pueden difundir cualquier otro mensaje. Pero que tengan ese potencial no significa que lo hagan en la práctica ni que lo hagan con la misma intensidad. Por sus propias características, son al mismo tiempo causa y consecuencia.
La desvinculación entre productividad y salarios comienza con la llegada de la tecnología y las deslocalizaciones durante los años ochenta. Ahí empieza la reconcentración de la riqueza en pocas manos que hoy convierte a nuestras sociedades en profundamente desiguales. La aparición de internet en los años noventa consistía, en sus primeras etapas, esencialmente en contenido. Las expectativas que generó hicieron crecer las bolsas hasta que estalló la burbuja de las puntocom a comienzos de siglo. Para evitar una paralización de la economía, las autoridades estadounidenses redujeron drásticamente los tipos de interés, lo que provocó la firma masiva de hipotecas para compensar los escasos márgenes del crédito, frenada bruscamente con el famoso colapso financiero de 2008. Desde entonces, la economía nunca se ha recuperado del todo —la escasez de recursos persiste— e internet, y especialmente las redes sociales actuando como medios de comunicación mediante la transmisión y el filtrado de contenidos, han alimentado y agravado el problema.
Es cierto que sin internet tampoco habrían existido movimientos como #MeToo, el 15-M, Occupy Wall Street, Fridays for Future —que dio notoriedad a Greta Thunberg—, Open Arms, Black Lives Matter, el Umbrella Movement de Hong Kong, las Primaveras Árabes o el Procés y Tsunami Democràtic en Cataluña.
Pero las redes son inseparables de la hipersimplificación de la comunicación: sin intermediarios, más directa y más «democrática», en el sentido de que cualquiera puede difundir su mensaje. Los algoritmos de estos entornos buscan mantenernos conectados el mayor tiempo posible, favoreciendo la especulación, la inmediatez sin verificación, la emocionalidad y la confrontación.
Cristina Fallarás, en la misma conferencia a la que hacía referencia, afirmó —y comparto plenamente esa idea— que el movimiento #MeToo no podía haber surgido en los medios tradicionales porque quienes los dirigían eran hombres; yo añadiría: hombres poderosos. Sin embargo, esas redes también tienen propietarios con intereses propios. No puede esperarse un algoritmo neutral, especialmente cuando, como hemos visto, forman parte inseparable de este proceso de concentración económica y de poder, con la consiguiente reducción de recursos disponibles para el resto.
Tenemos numerosos ejemplos de cómo las redes no han actuado de forma neutral: la manipulación del referéndum del Brexit mediante Cambridge Analytica, la intervención de Internet Research Agency en las elecciones estadounidenses de 2016 o los vínculos actuales con la administración Trump. Es un juego con las cartas marcadas, en el que la notoriedad que puedes alcanzar siempre está condicionada por lo que se decide en unos pocos despachos. El potencial amplificador del discurso siempre favorecerá las ideas que beneficien a quienes controlan esas plataformas.
La comunicación desde los márgenes
Ante un contexto tan favorable a la reconcentración de los derechos —o, más exactamente, de su disfrute— resulta indudable que el uso que han hecho de las redes ha sido inteligente. En cambio, no es tan evidente que puedan utilizarse con la misma eficacia para difundir discursos opuestos, ni siquiera en un escenario teóricamente neutral desde el punto de vista del algoritmo.
Se trata de discursos antiinstitucionales, construidos desde los márgenes. Su fuerza reside, precisamente, en la sensación de que «no hay nadie detrás». Es simplemente alguien que, de forma libre y por convicción personal, decide defender una determinada posición. Si durante décadas el poder ha estado en manos de un conjunto de instituciones —partidos políticos, gobiernos, parlamentos, ONG, organizaciones supranacionales, la Iglesia…— y esas instituciones nos han conducido a una situación de competencia por las migajas, entonces carecen de autoridad moral para hablar del problema. Cuando organizaciones políticas, actuando de buena fe, intentan explicarse a través de las redes, lo que obtienen es un swipe up —el gesto de deslizar hacia arriba para pasar al siguiente contenido— en cuanto el usuario identifica quién es el emisor del mensaje. Todo ocurre antes incluso de que pueda escuchar una sola frase.
Son discursos emocionales, nacidos desde las entrañas o desde la herida, y muy dinámicos, con constantes cambios de ritmo y de tono. No son grandes reflexiones. Aunque existen excepciones —es evidente que algunos poseen amplios conocimientos y razonan con solvencia—, en términos generales presentan una lógica pobre. Expresan en voz alta aquello que «todo el mundo» piensa. «Las mujeres se aprovechan de que la ley las favorece» o «los inmigrantes se quedan con todo» no necesitan demostración porque «es evidente». «Todo el mundo lo ve». Quien no lo hace es porque o bien vive del sistema gracias a las «paguitas», o bien le falta inteligencia. La centralidad de estas ideas posee un enorme poder: hace innecesario demostrar aquello que se afirma. Está en la calle; basta con mirar alrededor.
Hablan de un mundo que ha empeorado, pero, puesto que creen haber identificado la raíz del problema, ofrecen una salida esperanzadora. Solo hace falta eliminar las causas. Si el problema es que la presencia de inmigrantes agota los impuestos que pagamos, basta con prohibir su entrada. No hay espacio para incorporar al debate las causas sociales y económicas del fenómeno migratorio —ni en origen ni, sobre todo, en destino—, ni para añadir variables de análisis como la demografía, la relación entre delincuencia y riqueza o los niveles de utilización de los servicios públicos. Da igual porque, como decíamos, «se ve en la calle». A sus ojos, la complejidad solo sirve para ocultar la verdadera causa del problema.
El lenguaje debe ser duro, contundente e implacable. Las redes compiten por nuestra atención. Cada plataforma tiene sus particularidades, pero, en términos generales, cualquier interacción con un contenido contribuye a amplificarlo: comentar, compartir o reproducir son las más evidentes. Pero incluso abrir la descripción o leer los comentarios ayuda a incrementar su difusión. Por eso quienes utilizan un tono agresivo y provocador parten con ventaja. Incluso quienes entran para insultarlos o burlarse de ellos acaban recompensándolos con más visualizaciones.
La política, cuando se hace bien, es compleja. Intentar reproducir esa complejidad desde organizaciones que llevan décadas actuando —partidos, entidades, periodistas o comunicadores— les resta credibilidad. No solo deberían explicar el nuevo mundo que desean construir, sino también por qué no lo han hecho hasta ahora. Y esa segunda explicación, necesariamente, resulta mucho menos apasionada.
Sin embargo, la principal característica de este fenómeno es que no responde a una comunicación centralizada ni corporativa. Los primeros grandes altavoces fueron personas sin una organización detrás. Uno de los casos más exitosos fue el de Sergio Candanedo. A mediados de la década de 2010 creó un canal de vídeo llamado «Un Tío Blanco Hetero». Disfrazado de preservativo, con gafas de sol y sudadera negra que ocultaban completamente su identidad, criticaba los avances del feminismo. Durante un tiempo nadie sabía con certeza quién era, hasta que decidió mostrarse públicamente. El carisma del personaje explotó y reunió cientos de miles de seguidores en muy poco tiempo. No era el proyecto de ningún lobby ni de ningún grupo interesado en difundir el discurso de un partido político. Como él aparecieron muchos otros, la mayoría sin éxito. Precisamente esa ausencia de articulación organizada en los inicios de muchos de estos divulgadores resulta clave para otorgarles legitimidad.
Cada vídeo tiene vida propia; el discurso aparece fragmentado. En uno puede atacar la feminización de la sociedad y en el siguiente afirmar que «todos los políticos son iguales». Así, una persona feminista que solo vea el segundo vídeo puede compartirlo convencida de que transmite una crítica razonable, sin darse cuenta de que está ayudando a ganar seguidores a alguien que en el siguiente contenido difundirá mensajes radicalmente opuestos a sus propios valores.
Se hizo especialmente conocido el caso de Rubén Gisbert. El joven abogado colaboraba con el medio conservador El Imparcial y publicaba vídeos en YouTube. Durante las inundaciones provocadas por la DANA que devastó la comarca valenciana de l’Horta Sud, publicó un vídeo en el que culpaba de la tragedia a todos los partidos políticos. El vídeo se difundió como la pólvora. El equipo del programa de Iker Jiménez lo contrató como colaborador y, antes de una conexión en directo, llegó incluso a mancharse los pantalones de barro para aumentar el dramatismo de la escena. Puro sensacionalismo en un contexto en el que acababa de morir tanta gente. Además, antes y después de aquel vídeo insistió una y otra vez en que en el aparcamiento de un centro comercial habían fallecido centenares de personas —afirmaba conocer perfectamente el lugar—, algo que era completamente falso. En su canal de YouTube abundan los vídeos de contenido delirante. Sin pretenderlo, muchas personas acabaron dando difusión a unas ideas profundamente contrarias a las suyas.
La legitimación a través de los medios tradicionales
La constelación de creadores de contenido que transmiten mensajes similares es enorme. Además, es autorreferencial: se citan unos a otros, conversan entre sí, organizan charlas conjuntas y atacan e insultan a quienes hacen exactamente lo mismo desde otros espacios ideológicos. Una forma de mantener constantemente la olla hirviendo que genera comunidades de seguidores que viven esas disputas como si fueran combates de lucha libre.
De forma natural, cada red social se ha especializado en un tipo de contenido, aunque todas apuntan en la misma dirección.
YouTube y los pódcast están llenos de análisis, desmintiendo la idea de que los contenidos largos no tienen cabida. Un mismo creador puede analizar la DANA, la crisis en Irán, los movimientos democráticos de Hong Kong y los supuestos casos de corrupción de uno u otro partido.
TikTok e Instagram, con un estilo más desenfadado, distribuyen piezas breves que, en unos casos, buscan transmitir una idea concreta y, en otros, atraer audiencia hacia contenidos más extensos.
Twitter (o X) es el espacio del debate, la descalificación, el insulto y, por supuesto, también de la distribución de contenidos.
LinkedIn está lleno de análisis más elaborados, aunque igualmente extremistas, que con frecuencia conectan el universo financiero con los valores del sistema.
Todo termina conformando un metaverso narrativo, como Star Wars, en el que las distintas líneas temporales se entrecruzan y producen un contenido interdependiente que se retroalimenta constantemente. Un espectáculo. A fuerza de ver a creadores de contenido diciendo «lo evidente», aquello que «todo el mundo calla», el discurso acaba normalizándose y salta a la conversación pública. Pero eso no basta. Hace falta reconocimiento y credibilidad más allá de los usuarios de YouTube o LinkedIn.
Es ahí donde entra en juego el capital. Uno de los fenómenos más curiosos es la aparición de una red de pseudomedios que se alimentan casi exclusivamente de todo lo que ocurre en las redes sociales. Elaboran refritos de las noticias publicadas por los medios tradicionales y los rellenan con publicaciones de estos creadores de contenido. Los usuarios ven confirmados sus propios sesgos cuando alguien con apariencia de credibilidad —aunque desconozcan el medio o quién está detrás de él— refuerza esa tesis mediante un titular y un texto redactado, en el mejor de los casos, por un becario. No existe verificación de fuentes ni de datos. Porque, como hemos dicho, ese no es el objetivo.
Sin embargo, el gran salto desde los márgenes hasta la centralidad se apoya en la feroz lucha por unas décimas de audiencia. La televisión fue durante mucho tiempo una industria con enormes recursos económicos y audiencias muy concentradas, lo que permitía producir programas muy costosos. A medida que aparecieron nuevos canales, las audiencias se fragmentaron y fue necesario contener los costes. La forma más barata de producir contenido es la tertulia: no hace falta desplazar equipos al lugar de los hechos, enviar corresponsales al extranjero ni dedicar horas al montaje en una sala de edición. Y, del mismo modo que ocurre en internet, un tertuliano conflictivo siempre obtiene mejores resultados que uno pausado y reflexivo.
La efervescencia de las redes sociales acaba, de vez en cuando, aumentando de intensidad hasta lograr que determinados asuntos salten al debate público. Eso anima a los programas matinales y a los magazines de tarde a invitar a representantes de ambas posiciones y, finalmente, quienes antes permanecían en los márgenes obtienen la legitimidad de defender públicamente sus ideas.
Cuando una cuestión ocupa una posición tan central que discutirla conlleva un elevado coste social —hace veinte años, por ejemplo, resultaba muy difícil cuestionar que las mujeres merecían una mayor representación de la que tenían—, sentar frente a frente en una mesa a una persona que la defiende y a otra que la cuestiona supone legitimar a quien antes no disponía de ese espacio. Da igual la calidad de sus argumentos: el nuevo marco presenta dos posiciones donde antes solo existía una.
La presencia legítima
Esa es la razón principal por la que los medios de comunicación tienen una responsabilidad social. El poder que conceden a alguien simplemente por sentarlo a una mesa de debate es enorme. En primer lugar, porque lo dotan de credibilidad —mi abuela siempre repetía: «Si sale en la televisión, será verdad»—. Y, en segundo lugar, porque le otorgan influencia sobre uno de los bienes más valiosos: la agenda política.
Es en ese momento cuando nuevas herramientas políticas —nuevos medios de comunicación, partidos políticos u organizaciones sindicales— pueden recoger los frutos de ese proceso. Un rendimiento prácticamente imposible para los actores tradicionales, precisamente por todo lo que han tenido que gestionar hasta ahora en una realidad compleja.
Una figura o una idea puede hacerse grande fuera de las instituciones y ser incorporada posteriormente por ellas; hacerlo a la inversa despierta desconfianza. La única legitimidad que un partido puede ofrecer a un divulgador de sus ideas consiste en que la propia organización sea nueva, sin el peso de decisiones pasadas. Gestionar con éxito la complejidad nunca ha sido compatible con la simplificación. Por eso los partidos de nueva creación han crecido refugiándose en las redes sociales. Primero fue Podemos, impulsado por el 15-M —aunque en este caso la defensa de la democracia y de los sectores más vulnerables estaba clara, también compartía los problemas derivados de simplificar la realidad mediante un maniqueísmo difícil de sostener cuando se ejerce el poder—. Más tarde llegaron VOX en España y Aliança en Cataluña.
Si somos sinceros, los partidos tradicionales también han intentado reproducir este modelo. Hoy sabemos que prácticamente todos ellos han comprado perfiles falsos para desgastar a sus adversarios y defender a sus líderes y argumentos. El fracaso de esa estrategia resulta evidente.
De hecho, las reacciones de rechazo por parte de los actores tradicionales no hacen más que fortalecer a estos nuevos discursos, porque, al presentarse como críticos con quienes nos han conducido hasta la situación actual, esas reacciones se convierten en una prueba que confirma la validez de su relato.
El caso de Tatiana Ballesteros
Terminaba el año 2020, el año de la pandemia. La gente, confinada en casa con niños y personas mayores, había vivido la incertidumbre, perdido el trabajo y los ingresos y, en muchos casos, incluso a seres queridos. En ese contexto, Tatiana, una criminóloga de Segovia, publicó un vídeo muy bien realizado. En él aparecía caminando lentamente mientras recordaba todos los sacrificios que habían soportado los ciudadanos: quedarse en casa, comprar mascarillas a precios abusivos, cerrar negocios, educar a los hijos por internet, médicos y enfermeras haciendo dobles turnos…
Entonces aceleraba el paso tras afirmar que había llegado el momento de que fueran los ciudadanos quienes exigieran: que no subiera la factura de la luz, que se mantuviera la cuota de los autónomos, que se protegiera el presupuesto destinado a la investigación, que se blindaran los contratos de quienes habían estado en «primera línea» durante la crisis sanitaria, que se defendiera al sector de la restauración y que los políticos no se subieran el sueldo. Comenzaba el cierre reclamando «respeto, dignidad y honor», porque «España está muy por encima de vosotros» —de los políticos, se entiende—. Se preguntaba: «¿Votar? ¿A quién?». «España necesita un capitán para un barco que va a la deriva», un capitán que no se encuentra entre los actuales líderes. Finalmente, despedía el año citando —de forma inexacta— una frase atribuida a Abraham Lincoln: «Se puede engañar a una parte del pueblo durante algún tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo».
El vídeo estalló en las redes sociales porque reunía todos los ingredientes para hacerlo:
- Ella no era nadie conocido. Era una persona anónima. Una más de los nuestros.
- La tesis central era ampliamente compartida: el hartazgo general hacia los políticos, sus disputas estériles y su desconexión de la realidad.
- Estaba muy cuidado visualmente y acompañado por una música que crecía en intensidad al ritmo del discurso.
- Las frases eran breves, como las de los grandes discursos de Martin Luther King Jr. («I have a dream»), Barack Obama («Yes, we can») o las mejores campañas publicitarias que apelan a las emociones de identidad colectiva.
En definitiva, cumplía todos los requisitos para hacerse viral. Inmediatamente, mucha gente quiso saber quién era aquella mujer. Sobre todo porque algunos elementos de su discurso encajaban con la retórica populista utilizada por los divulgadores iliberales.
Establecía una separación muy clara entre unos ciudadanos que sufrían y unos políticos que se aprovechaban de la situación, insinuando incluso prácticas corruptas mediante referencias como las «mascarillas con sobreprecio» o la idea de que los políticos solo pedían sacrificios sin ofrecer nada a cambio.
Hacía constantes referencias a la identidad nacional, llegando en algunos momentos a una cierta exaltación patriótica, como cuando afirmaba que «España está muy por encima de vosotros».
Utilizaba valores habitualmente asociados al pensamiento conservador, como el «honor», y acompañaba sus palabras con un lenguaje corporal firme, señalando con el dedo índice en determinados momentos y proyectando una imagen de autoridad.
Introducía además, de forma sutil, una cuestión que entonces ocupaba el centro del debate político: si los bares debían permanecer abiertos o seguir cerrados. Los partidos conservadores llegaron a equiparar tomarse una cerveza con la libertad frente a un Gobierno que lo prohibía por razones sanitarias. Ella, sin decirlo explícitamente, apuntaba esa renuncia como otro sacrificio impuesto a la ciudadanía.
Incluso existía un cierto tono de amenaza cuando contrapone los cuarenta y siete millones de españoles frente al reducido número de políticos.
Poco después se descubrió que había colaborado con una emisora propiedad de falangistas, Radio Ya, donde dirigía una sección sobre crímenes, su especialidad profesional. A partir de ahí comenzó la batalla política. Los medios progresistas la señalaron como vinculada a la extrema derecha. Los medios conservadores, por el contrario, difundieron aún más el vídeo e incluso intentaron incorporarla a sus filas, según explicó ella misma posteriormente. Y los medios que legitiman el discurso ultra sin formar parte explícitamente de él —las televisiones de las que hablábamos antes— aprovecharon el caso para denunciar los excesos de la izquierda, acusándola de llamar fascista a cualquiera que no piense como ella.
Fue entrevistada en el programa «Todo es mentira», presentado por Risto Mejide. Sin embargo, la entrevista sirvió más para que el propio programa se defendiera de las constantes acusaciones de dar voz a la ultraderecha que para que Tatiana pudiera explicar realmente su posición. En el poco tiempo que tuvo para hacerlo, explicó que el detonante del vídeo había sido el incremento de la cuota de autónomos que pagaba su madre. Un problema tan concreto como transversal.
Lo cierto es que, desde entonces y hasta donde sé, Tatiana ha publicado principalmente vídeos de desarrollo personal y de promoción de sus novelas de ficción. Apenas he encontrado contenidos políticos posteriores y, de hecho, existe uno en el que defiende los derechos de los homosexuales. Probablemente, por tanto, se trate simplemente de una persona con un discurso político poco elaborado, pero con buenas intenciones y unas extraordinarias capacidades comunicativas.
Lo verdaderamente interesante de este caso es que, aun sin pertenecer a ninguno de los grupos interesados, todos intentaron apropiarse de ella para integrarla en su propio relato. Las reacciones posteriores terminaron legitimando a todos los actores implicados. Cada uno desempeñó exactamente el papel que le correspondía.
Ella era, literalmente, una persona anónima, ajena al sistema. Alguien con una preocupación ampliamente compartida hacia la clase política y otra muy concreta: la cuota de autónomos que pagaba su madre. Es decir, alguien como cualquiera de nosotros.
Los extremistas utilizaron su discurso para alimentar la idea de que era necesario acabar con el establishment. Una persona corriente decía en voz alta aquello que, según ellos, era «evidente»: que el problema eran los políticos.
Los medios de comunicación, que necesitan justificar continuamente su propio papel, aprovecharon tanto su anonimato como la dureza de los ataques procedentes de la izquierda para defender que ellos únicamente daban voz a todas las opiniones.
La izquierda se presentó como la única defensora de la democracia, llamando a proteger las instituciones actuales mientras señalaba con el dedo a la joven, a las fuerzas reaccionarias y a los medios tradicionales.
En definitiva, las reacciones de cada uno terminaron justificándose precisamente por las reacciones de los demás. Una espiral descendente que va erosionando lentamente la legitimidad del sistema.
Un modelo difícil de reproducir
¿Pueden los partidos y las organizaciones tradicionales utilizar las mismas herramientas? ¿O ya no tiene sentido que publiquen nada? Mientras sigan siendo representativos siempre habrá un grupo de personas motivadas a su alrededor y nunca está de más explicar sus posiciones. Tiene sentido seguir generando contenidos de carácter reflexivo o ideológico para exponer sus planteamientos, como continúa haciendo Pablo Iglesias a través de «La Tuerca» o Jordi Graupera mediante «Ensems». Sin embargo, para reproducir la estrategia de los extremistas tendrían que hacer exactamente lo mismo que ellos: construir un discurso sencillo, emocional, provocador y canalla. Y, respecto a ello, conviene plantearse dos preguntas.
¿Les resultaría realmente eficaz teniendo en cuenta el déficit de credibilidad que arrastran? La única vía razonablemente viable parece pasar por nuevos agentes independientes y, quizá, por fragmentar los contenidos. En lugar de agruparlo todo bajo el paraguas del partido, podrían crearse campañas centradas en cuestiones concretas, alineadas con su línea política, pero dotadas de una identidad propia.
Y, aun suponiendo que esa estrategia funcionara, ¿es ese el tipo de partidos que queremos? ¿Es realmente deseable que incluso quienes, por responsabilidad, están obligados a ofrecer explicaciones complejas acaben simplificando y diluyendo sus mensajes? A mi juicio, la respuesta es no.
Necesitamos ampliar el debate, añadirle matices en lugar de eliminarlos, ser conscientes de cómo aquello que defendemos puede perjudicar y beneficiar a otras personas y comprender también cómo nos afecta a nosotros mismos una vez superados los efectos inmediatos que perseguíamos. Tenemos sobre la mesa problemas extraordinariamente complejos: el aumento del precio de los alquileres, la desaparición de servicios en las grandes ciudades excesivamente orientadas al turismo, el estancamiento del poder adquisitivo de las familias desde hace más de dos décadas o un modelo de crecimiento basado casi exclusivamente en empleos de bajo valor añadido. ¿De verdad vamos a resolver todo eso con soluciones que pueden explicarse en treinta segundos?
Los partidos deben seguir explicándose, sí, pero dejando de tratar a los ciudadanos como si fueran idiotas. En realidad, no renuncian al discurso de los treinta segundos porque no quieran utilizarlo, sino porque carecen de la credibilidad necesaria para hacerlo funcionar. Necesitamos que todos los actores implicados en la vida pública sean honestos con la realidad al mismo tiempo que mantienen el compromiso con los cambios que han defendido. La alternativa no consiste en que los partidos tradicionales aprendan a comunicarse como quienes hablan desde los márgenes, sino en que esos discursos terminen ocupando todo el espacio que ellos abandonen.